Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día cada uno pueda encontrar la suya.

lunes, 30 de julio de 2012

Habitación 244.


Los párpados de la chica hacían presión contra la piel, no quería verle así. Pero entonces se armó de valor y entró en la sala, las pestañas se alzaron, al contrario que su barbilla, se acercó al hombre que parecía estar algo sedado, pero despierto a la vez. No hubo intercambio alguno de palabras, se limitó a rozar sus labios con los de él; pareció agradarle. Sus miradas se encontraron, la de él firme, mirándola tan solo a ella, en cambio la de la chica deambulaba perdida, sus ojos vidriosos no cesaban el continúo pestañeo. Pero supo lo que quería decirle con esa mirada tan dulce, algunos rizos intentaban interponerse entre ambos, pero ella se los recolocó con las manos.


- Yo también te amo.

Susurró muy bajito, como si se tratase de un secreto, al igual que hacía de pequeña, por un momento sintió que todo volvía a ser como antes, tan simple...Las cosas sencillas siempre eran las mejores. Rebuscó por su interior y consiguió sacar las fuerzas suficientes como para sonreír otra vez, aquella sonrisa se la dedicó a él, se la merecía, se merecía carcajadas que durasen horas, y en el caso de que fuese posible, días. Pero la rubia no podía, ya no, no sabiendo que se estaba apagando la luz que la había iluminado hasta entonces, que sus mares se hallarían secos, que su luna y sus estrellas ya no centellearían en el cielo por las noches. Las cuerdas de su guitarra sonarían mal, se oxidarían, su pilar se derrumbaba lentamente, y ella estaba allí, luchando contra su caída, aun sabiendo que no podría impedirla. Notó que le acariciaban el moflete, entonces se percató también de que las lágrimas salían como agua de cascada de sus ojos. Mierda, otra vez...se había prometido que no volvería a ocurrir y que le haría pasar sus últimos días lo mejor que pudiese.

- Lo...lo siento, papá.

Y salió corriendo de allí, con las yemas de los dedos presionando sobre su rostro, llenándose de aquel sabor salado que acababa siendo amargo.


Muchas veces se refugia tras el silencio, tras el vacío o las oscuras noches de invierno. Nadie quiere sentirlo, ni que se apodere de su alma y haga que su tez enblanquecida se ponga de gallina.  Cuentan que incluso el guerrero más feroz de toda Esparta lo había llegado a experimentar en varias ocasiones. Se hospeda dentro de los seres sin ser invitado y se adentra por sus entrañas, paralizándolos. Fuerte, incluso más que el dolor, alberga en el lugar más recógnito de cada uno de nosotros, se deja ver cuando menos le necesitamos. 


                                                                    



                                                                    "Tengo miedo"  





Estábamos acurrucados, una fina sábana nos acariciaba la piel, nuestros cuerpos se amoldaban uno con el otro a la perfección, y aunque tan solo fuese algo físico, a mí me valía. Un momento muy tierno, sí, pero en el fondo todo era fruto del deseo que ambos teníamos, anhelábamos ser como antes, una sola persona, fusionados, sin necesidad de hablar para decirnos algo, todo se basaba en cosas para nada complejas.


Ninguno de los dos quería hablar sobre aquello que nos estaba desgastando por dentro, aquello que consumía todas nuestras fuerzas. Estaba completamente segura de que debíamos hacerlo, teníamos que decirlo de una maldita vez. Aunque conociéndome, no sería capaz de ir al grano, así que opté por la segunda opción.

- ¿Me quieres? - Inquirí, mirándole con la vista entornada.

Él suspiró, pero por alguna extraña razón, de sus rojizos labios no obtuve respuesta. Aunque tampoco se separó de mí, ni tan siquiera un milímetro.

- ¿Me quieres? -Volví a preguntarle, con el ceño fruncido.

Y seguía sin responder, permanecía inmóvil, tenía los ojos en blanco, como si estuviese petrificado por el miedo.

- No sé .

Fue entonces cuando abandoné el calor que desprendía su cuerpo, hallé un nuevo tipo de dolor, era como si me hubiese arrancado la piel a tiras, deshecho lo único que nos quedaba y nos sostenía. Intenté ampararlo otra vez con mis brazos, recuperarlo, pero todo fue en vano. Al cabo de unos minutos se dispuso a proseguir:

- No de esa manera, ya no. Lo siento.

Y todo rastro de esperanza se desvaneció como una ola se lleva a las pequeñas piedras de la orilla. Durante mucho tiempo había pensado que todo aquello era un sueño, pero en esos momentos se me antojó todo lo contrario, una pesadilla inminente, y por mucho que lo intentase no podía despertar.

¿Le odiaba? No, eso era algo utópico para mí entonces. Tampoco conseguía tenerle asco, le quería más que antes, lo ansiaba aún más. Acababa de convertirse en el fruto prohibido, acercarme a el más de lo decretado podría convertir en  polvo los fragmentos en los que me acababa de separar.