Los párpados de la chica hacían presión contra la piel, no quería verle así. Pero entonces se armó de valor y entró en la sala, las pestañas se alzaron, al contrario que su barbilla, se acercó al hombre que parecía estar algo sedado, pero despierto a la vez. No hubo intercambio alguno de palabras, se limitó a rozar sus labios con los de él; pareció agradarle. Sus miradas se encontraron, la de él firme, mirándola tan solo a ella, en cambio la de la chica deambulaba perdida, sus ojos vidriosos no cesaban el continúo pestañeo. Pero supo lo que quería decirle con esa mirada tan dulce, algunos rizos intentaban interponerse entre ambos, pero ella se los recolocó con las manos.

- Yo también te amo.
Susurró muy bajito, como si se tratase de un secreto, al igual que hacía de pequeña, por un momento sintió que todo volvía a ser como antes, tan simple...Las cosas sencillas siempre eran las mejores. Rebuscó por su interior y consiguió sacar las fuerzas suficientes como para sonreír otra vez, aquella sonrisa se la dedicó a él, se la merecía, se merecía carcajadas que durasen horas, y en el caso de que fuese posible, días. Pero la rubia no podía, ya no, no sabiendo que se estaba apagando la luz que la había iluminado hasta entonces, que sus mares se hallarían secos, que su luna y sus estrellas ya no centellearían en el cielo por las noches. Las cuerdas de su guitarra sonarían mal, se oxidarían, su pilar se derrumbaba lentamente, y ella estaba allí, luchando contra su caída, aun sabiendo que no podría impedirla. Notó que le acariciaban el moflete, entonces se percató también de que las lágrimas salían como agua de cascada de sus ojos. Mierda, otra vez...se había prometido que no volvería a ocurrir y que le haría pasar sus últimos días lo mejor que pudiese.
- Lo...lo siento, papá.
Y salió corriendo de allí, con las yemas de los dedos presionando sobre su rostro, llenándose de aquel sabor salado que acababa siendo amargo.

